Crítica: My Friend the Porn Star
por Susanne Gottlieb
- El fallido intento de Rosa Friedrich de documentar a su amigo mientras rueda una película porno se convierte en un ensayo a medio cocer, pero entretenido, sobre la intimidad y la sexualidad

Timo, un veinteañero afincado en Viena, quiere rodar una película pornográfica. Pero hacer una película pornográfica no consiste simplemente en contratar a una actriz y desnudarse; hay que organizar un casting, realizar pruebas de infecciones de transmisión sexual (ITS) y, lo más difícil de todo, escribir un guion. Su amiga, la directora Rosa Friedrich, decide documentar su camino hasta la “meta” —nunca mejor dicho—. Sin embargo, poco antes de que termine el rodaje, Timo abandona el proyecto. Lo conocemos y nos despedimos de él durante los primeros diez minutos de la película. Una pena, Timo; apenas hemos tenido tiempo de conocerte.
Pero no tan rápido. Friedrich decide seguir adelante y terminar la película con un enfoque diferente. El resultado —una mezcla de secuencias documentales y de ficción— gira en torno a una pregunta fundamental: ¿cómo queremos que nos vean, tanto como personas como en nuestra dimensión sexual? My Friend the Porn Star, que acaba de estrenarse en la sección Proxima de la 60.ª edición del Festival de Karlovy Vary, sigue contando, a su manera, con la presencia de Timo. La inteligencia artificial acude al rescate o, al menos, al de la película de Friedrich. El rostro de un actor identificado únicamente como Aaron se superpone al de Timo. Sea cual sea la escena, las imágenes muestran ahora la sonriente cara de Aaron sobre el cuerpo desnudo de Timo.
Si bien ese material pudo salvarse, otras decisiones de Friedrich hacen pensar que también habrían necesitado un poco de ayuda de la inteligencia artificial. Más allá de que los genitales de Timo aparezcan en pantalla con una frecuencia casi excesiva, emparejar esa imagen con la directora dando un mordisco a una enorme salchicha constituye, en el mejor de los casos, un simbolismo bastante burdo. Seguro que existen formas más elegantes de hablar del cuerpo humano. Una vez superadas las papayas con forma de vulva y otras metáforas frutales, Friedrich acaba encontrando su camino, aunque por momentos da la sensación de seguir un manual bastante previsible: reunir a varias personas para que compartan sus reflexiones sobre la sexualidad y la intimidad.
Sin embargo, sus interlocutores (Hanna Teglasy, Alex, Jane Kosto, Alice Eric BigClit, Janina Vivianne, Carmen Schrenk, Sofie Federspiel, Emma Striche y Sam Hailey, que, sin un orden concreto, son productores de cine pornográfico, actores y actrices porno, diseñadores de vestuario, fotógrafos, estilistas e incluso una dominatrix) sí tienen cosas interesantes que contar. Es entonces cuando la película empieza realmente a profundizar. ¿Cómo expresan ellos la intimidad? ¿Qué consideran pornográfico? Para algunos es una caricia; para otros, una relación de dominación; y para otros, de nuevo, la fruta.
Hay, por tanto, momentos divertidos y también materia para la reflexión —aunque, por suerte, ya sin más papayas—. Pero Friedrich no solo repite una y otra vez a Timo que el porno no es lo suyo; esa incomodidad también se percibe en la propia película. El filme resulta un tanto pudoroso, y la directora apuesta por una estética desenfadada, con la directora de fotografía Laura Ettel buscando encuadres juguetones y una corrección de color situada en algún punto entre el decorado kitsch de una película pornográfica y un mundo de fantasía infantil. Es una propuesta simpática, aunque a veces excesivamente edulcorada.
“Tienes que entregar toda tu vida” cuando te expones como estrella del porno, comenta uno de los entrevistados. La observación resulta convincente y deja la sensación de que Timo simplemente quiere satisfacer un impulso pasajero. Su incapacidad reiterada para aportar un guion o una idea clara para el rodaje más allá de «vivir el momento» hace pensar que le interesa menos explorar una forma artística que encontrar a una mujer dispuesta a dejarse filmar.
Al contemplar a un hombre convencido de que el sexo es demasiado efímero para llenar su soledad, uno siente ganas de decirle que busque ayuda psicológica. Cada espectador decidirá hasta qué punto se siente cómodo con su personalidad; desde luego, constituye un caso de estudio fascinante. Pero es precisamente su actitud rígida, por momentos casi tóxica, en constante contraste con la incomodidad de Rosa, lo que aporta a la película buena parte de su fuerza.
My Friend the Porn Star es una producción de la vienesa Kacerovsky, y las ventas internacionales corren a cargo de New Docs.
(Traducción del inglés)
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