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SOFÍA 2026

Crítica: Aurora

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- Desempolvando una leyenda urbana de los primeros años del comunismo, la peculiar tragicomedia de Georgi-Jackie Stoev y Nikola Boshnakov encuentra la manera de arrancar risas dentro de una narrativa objetivamente sombría

Crítica: Aurora
Koyna Ruseva y Boyan Arsov en Aurora

Convertir el miedo y el terror en algo de lo que reírse no es tarea fácil, y los directores de Aurora, que se ha estrenado a nivel mundial en el Festival de Sofía, lo saben muy bien. Quizás es por esa misma razón por la que recurren a una mezcla ecléctica de géneros —desde el burlesco y la sátira política hasta el melodrama y el drama puro—, en un intento por dar con el tono y el estilo adecuados para cada momento y matiz de la historia de amor que se han propuesto contar, narrada con el totalitarismo y la dura represión como telón de fondo. Sin embargo, el humor acaba imponiéndose inevitablemente, y teniendo en cuenta la filmografía de los cineastas hasta la fecha, difícilmente podría ser de otra manera: Georgi-Jackie Stoev es conocido en el ámbito local por su estética basada en la burla, tanto en largometrajes como en miniseries de televisión, mientras que Nikola Boshnakov ha experimentado de forma lúdica con la mezcla de documentales y comedias, y el desenfado incluso dentro de temas medioambientales áridos (por ejemplo, Silence Is Golden, de 2006). Ambos unieron fuerzas después en My Uncle Luben, un retrato —libre de ideología y con un tono irónico— de un artista y su vida entre dos regímenes políticos.

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En Aurora, juegan audazmente no solo con su propia historia nacional, al burlarse de los monstruos totalitarios, sino también con un significante emblemático del mundo en general al reducir el crucero Aurora, símbolo de la Revolución de Octubre, a un mero recurso: una forma ingeniosa de desarmar a los fantasmas del pasado y convertirlos en tropos cómicos.

En esta línea, el picante de la leyenda urbana compite en igualdad de condiciones con las representaciones caricaturescas de los personajes principales y secundarios, y ambas capas pugnan por la atención del espectador en medio de una abundancia de detalles. La trama es relativamente sencilla, aunque algo enrevesada: en los años inmediatamente posteriores al auge del “poder popular” en Bulgaria, la bella hija de un burgués exiliado y políticamente poco fiable, Maria (Konstantina Georgieva), cuyo apartamento ha sido nacionalizado y ocupado por un coronel lascivo (Hristo Garbov), se ve obligada a prostituirse para sobrevivir. Al mismo tiempo, es objeto de deseo de una famosa escultora lesbiana (Koyna Ruseva), de un joven periodista italiano idealista llamado Marcello (Brenno Placido), enviado por el Partido Comunista de su país para observar de primera mano el “progreso”, y del propio coronel, al que no puede evitar abofetear por su arrogancia, un acto que la lleva a un campo de trabajo. El sacrificio dramático que realiza la escultora para sacar a Maria culmina la película en clave tragicómica, recurriendo finalmente al tópico romántico de que el amor todo lo puede.

La galería de personajes pintorescos, al estilo de Wes Anderson, que acompañan la acción —desde el botones payaso y el hosco sirviente del coronel, pasando por el propio Stoev en una reunión de la nomenklatura, hasta Franco Nero en el papel de un banquero en bancarrota convertido en adivino— dota a la película de su textura y ofrece un retrato humorístico de una era absurda a la deriva entre ideologías enfrentadas. Con este telón de fondo, el romance cursi y demasiado abrupto entre Maria y Marcello parece un mero obstáculo en la rueda de la ironía distanciada de la película, un defecto compensado en cierta medida por la sobria representación de la escultora: en una época en la que las personas homosexuales eran encarceladas si se descubría su orientación, ella es retratada como una autoridad artística independientemente de su sexualidad, plenamente consciente del poder que ello conlleva. En este sentido, Aurora se niega rotundamente a etiquetar a sus personajes como víctimas del régimen, algo que quizá sea posible principalmente gracias a la distancia que proporciona el tiempo. Sin embargo, en general, la película representa un cambio refrescante para el cine búlgaro y el cine postotalitario en general.

Aurora ha sido producida por la búlgara Ars Digital, en coproducción con la italiana Bielle Re.

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(Traducción del inglés)

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