Crítica: Falling House
por Susanne Gottlieb
- VENECIA 2026: Un padre de familia iraní pierde su casa y la calma en el drama de Mohsen Gharaei, a menudo intrigante, pero en última instancia desigual

Cinco o seis días… Ese es el tiempo que tienen el funcionario de prisiones Rashid (Farhad Aslani) y su familia para abandonar su casa, ya que su barrio de toda la vida está siendo remodelado para dar paso a una autopista. Dentro de unos días más, quedará muy poco de esa unidad familiar. Pero Falling House no hace referencia únicamente a un edificio condenado a derrumbarse. En el drama de Mohsen Gharaei, que ha sido presentado en la sección Orizzonti de la 83.ª edición de la Mostra de Venecia, también alude al derrumbe de la estructura familiar y del modo de vida tradicionales. El hombre de la casa ya no es el único que toma las decisiones, lo que provoca una reacción de resistencia mientras todo a su alrededor se desmorona.
Cuando conocemos a Rashid, parece un hombre corriente y algo torpe, que reparte raciones extra en la prisión en la que trabaja, a las afueras de Teherán, y que es el recurso habitual de los presos cuando tienen algún problema, para disgusto de su superior. No dejan de preguntarle cuánto dinero extra gana ayudándolos; él no deja de responder que lo hace a cambio de sus oraciones. Al fin y al cabo, tiene que trasladar a su familia a una nueva casa.
La familia en cuestión está formada por su esposa, Zirat (Rima Raminfar), su hija Ensi (Laleh Marzban), veinteañera, y su hija adolescente Janan (Elena Khakbazan). Se trata de un aquelarre de mujeres capaces que no solo ganan más dinero que él, sino que también tienen mejores perspectivas de futuro. Es aquí donde la máscara del afable Rashid empieza a resquebrajarse poco a poco.
Mientras la madre ha soportado durante años muchos de los caprichos de su marido, Ensi tiene otros planes para su vida. Quiere irse a Turquía y comenzar una carrera como modelo, sin intención alguna de regresar a Teherán. Su madre y su hermana están al corriente, pero Rashid no descubre el plan hasta que Zirat, como manda la tradición, le pide a Ensi que se lo cuente. En lugar de dejar libres a sus hijas y desearles buena suerte, el hombre estalla. Después de haber sido encarcelado durante unos días porque el alcaide de la prisión lo acusó de ayudar a escapar a un preso, ahora tiene que tragarse la amarga píldora de que son las mujeres quienes consiguen el dinero para la fianza mientras él se ha quedado sin trabajo. Su orgullo recibe otro golpe con la noticia de que Ensi se marcha. En un último intento desesperado por hacer valer su autoridad, encierra a las mujeres en sus habitaciones. Solo las dejará salir si Ensi renuncia a sus planes. “He perdido mi trabajo; no quiero perder también a mi familia” es su mantra.
Gharaei cambia de género con toda naturalidad. Lo que aparentemente comienza como un drama social se transforma rápidamente en una obra psicológica de cámara sobre un hombre que intenta preservar aquello que la sociedad iraní considera su “reputación”. “Ni se os ocurra ridiculizarme así”, es la amenaza que repite una y otra vez. El agradable funcionario de prisiones se convierte en torturador; la pandilla de presos que respeta a su carcelero da paso a un grupo de mujeres que lidian con el odio, el dolor y la independencia. El hecho de que Rashid pueda ocultar durante días a toda su familia en una casa a punto de ser demolida sin que nadie haga preguntas demuestra hasta qué punto las mujeres son invisibles en la sociedad iraní… Nadie las echará de menos.
Sin embargo, donde la película resulta frustrante es en el hecho de que Gharaei cae en la trampa de resolver el conflicto haciendo que el opresor vea y comprenda. Rashid no puede limitarse a ser un hombre egocéntrico y rencoroso; en algún momento, la película sugiere que debemos compadecernos de él. En cuanto a las mujeres, tienen que explicar una y otra vez su situación para que se les permita salir en libertad. No hay venganza ni escapatoria; todo gira en torno a la absolución concedida por su captor. Es un recurso controvertido y, aunque Gharaei plantea una reflexión sobre la “casa de un hombre que se derrumba”, banaliza la lucha de estas mujeres de varias generaciones.
Falling House ha sido producida por Seven Springs Pictures (Irán), RaeFilm Studios (Estados Unidos), 3SIX9 STUDIOS (Puerto Rico), y las alemanas Basis Berlin Filmproduktion y Zentropa Germany. La distribución internacional de la película corre a cargo de Paradise City Sales.
(Traducción del inglés)
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