Crítica: Un bon petit soldat
por Fabien Lemercier
- VENECIA 2026: En una película en forma de puñetazo implacable, Stéphane Brizé disecciona las entrañas de la cultura empresarial contemporánea y ofrece un gran papel a Alba Rohrwacher

“No dejes que tus emociones te desborden”. Como ya hemos podido comprobar en La ley del mercado, En guerre y Un nuevo mundo, la dureza sistémica del mundo laboral es uno de los temas predilectos de Stéphane Brizé, pero en Un bon petit soldat, presentada en la competición oficial de la 83.ª edición de la Mostra de Venecia, el cineasta francés contempla con nuevos ojos ese paisaje que alimenta su cine comprometido. Esta vez, el catalizador es un personaje femenino atrapado en las redes de la servidumbre voluntaria a un universo empresarial en el que las exigencias de rendimiento económico reinan por encima de todo y barren cualquier consideración humana, en medio de un cinismo hipócritamente revestido de virtud que constituye una fuente de sufrimiento individual y alienación colectiva.
“La presión está en todas partes en la vida. Así es como funciona”. Con toda la buena intención del mundo, la responsable de recursos humanos Carla Moretti (una excelente Alba Rohrwacher) llega secretamente inquieta a la aseguradora Amali, inmersa en una sesión de lluvia de ideas para “reconstruir su marca como empleador” y modernizar su imagen mediante una campaña publicitaria de eslóganes positivistas (“un mundo más justo”, “cuidar”, “estamos hechos de la misma materia que los sueños”) y talleres de “felicidad y espacios para compartir la palabra” dirigidos a los empleados. Pero la realidad entre bambalinas del día a día de la empresa es mucho menos idílica: “amabilidad, sí, pero hay accionistas, productividad y una competencia feroz”. Ante un caso de acoso laboral, Carla se debate entre sus escrúpulos morales y una vida personal complicada (está divorciada y, presa del miedo al fracaso y absorbida por el ritmo frenético e invasivo de su actividad profesional, hace lo que puede para cuidar de su único hijo, todavía pequeño). Es el comienzo de una deriva que podría acabar ahogando su conciencia…
Sin ningún tipo de corrección política, la película aborda el tema de la fragilidad sometida a las fuerzas dominantes (“¿quizá sean demasiadas responsabilidades para ti?”, “estás rompiendo la dinámica del grupo”, “esa presión es su manera de pedir lo mejor”) con una gran potencia cáustica, convirtiendo así la realidad de la duplicidad empresarial en una suerte de comedia mordaz. En sintonía con la montaña rusa emocional de su protagonista y puesta en escena de manera muy dinámica (mención especial para la música de Bertrand Blessing) y relativamente audaz —con abundante uso de FaceTime en el ámbito íntimo—, la narración se va estrechando progresivamente hasta el punto en que la verdad emerge del cubo de Rubik de las relaciones humanas en el trabajo, en un mundo moderno donde “la virtud puede ser un defecto si no va acompañada de competitividad”. Stéphane Brizé no oculta ninguno de los vicios ocultos de este mensaje en una película de denuncia implacable, un espejo de la sociedad que a algunos puede resultarles incómodo, pero que encaja perfectamente con las intenciones combativas del cineasta. Porque, como indica una cita de Marco Aurelio introducida con suma discreción en la película: “Tu vida es lo que tus pensamientos hacen de ella”.
Un bon petit soldat ha sido producida por Gaumont (también se encarga de las ventas internacionales) y coproducida por France 3 Cinéma.
(Traducción del francés)
Galería de fotos 09/09/2026: Venice 2026 - A Good Little Soldier
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© 2026 Fabrizio de Gennaro for Cineuropa - fadege.it, @fadege.it
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