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SAN SEBASTIÁN 2026 Competición

Crítica: Krux

por 

- Tony Vahl crea una embriagadora sensación de terror silencioso en su largo de debut, en el que los líderes de un pueblo incitan a un suicidio colectivo al final de la Segunda Guerra Mundial

Crítica: Krux
de izq. a der.: Clarissa Wilp, Kerstin Mende-Stief, Jella Haase (centro), Elfriede Schrodt, Frida-Lovisa Hamann y Andrea Schmidt en Krux

"Una abeja que no tiene fuerzas para servir elige la muerte", dice un maestro. "Es la única salida", responde una joven madre. "Por la patria", añade el alcalde. Estas sentencias, repetidas una y otra vez, nos recuerdan la oscuridad de una sumisión impuesta por la sociedad que rezuma por cada poro, por cada grieta del mobiliario, en la pequeña aldea del noreste de Alemania que retrata la ópera prima de Tony Vahl, Krux, estrenada en la sección Discovery de Toronto y que ahora compite por la Concha de Oro en San Sebastián. La película nos sumerge en la descomposición de esta comunidad durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, justo antes de la capitulación de Alemania. La historia se basa en testimonios reales y estudios sobre la ola de suicidios colectivos organizados que se produjo en todo el país durante aquel periodo.

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Jella Haase encarna a Greta, la estoica viuda de un soldado, que contribuye a la vida de la comunidad asumiendo buena parte del trabajo manual, como tantas mujeres en este contexto bélico. Se convierte en nuestra puerta de entrada a este mundo profundamente marcado por el género, pero no es nuestra única protagonista: la amiga de Greta, Anni (Frida-Lovisa Hamann), madre de varios niños pequeños, y un grupo de escolares (Marlene Franzone, Hugo Goers, Hans-Uwe Bauer, Phileas Heyblom) ofrecen un atisbo de las distintas realidades que coexisten en este pueblo, un entorno cuidadosamente diseñado donde obedecer no cuesta demasiado.

El alcalde, Walter (Lukas Miko), el maestro, Fritz (Clemens Schick), y el pastor del pueblo, Albert (Martin Wuttke), emergen como pilares de la estructura patriarcal de la comunidad. Cuando reciben la orden de no dejar a nadie con vida en el pueblo para evitar que el Ejército Rojo encuentre a alguien tras la derrota, sus diferentes puntos de vista alimentan la tensión que impulsa la película. De hecho, mientras el alcalde está decidido a cumplir con su deber, el maestro duda y el pastor se opone. La sombra de la complicidad persiste mientras el pueblo permanece sumido en la ignorancia y la obediencia, incluso cuando por la radio suenan los discursos antifascistas de Thomas Mann dirigidos al pueblo alemán (hoy bien conocidos gracias a Fatherland, de Paweł Pawlikowski).

La historia se despliega de forma fragmentaria, ya que los aldeanos apenas reciben pequeños retazos de realidad con los que construir su verdad. Mientras tanto, los cuerpos que aparecen en las orillas del río son escondidos discretamente en el gimnasio de la escuela. El mundo densamente poblado de Krux se construye a base de revelaciones silenciosas, motivos animalescos y descubrimientos espeluznantes, guiados por la cámara del director de fotografía Piotr Sobociński Jr., que sigue a un personaje u otro hasta que algo espantoso sale a la luz.

El guionista y director demuestra un impresionante dominio de la atmósfera sin resultar enfático. La puesta en escena es perturbadora pero nunca escalofriante, espectral pero nunca repulsiva. El pueblo permanece siempre encapotado durante el día y, por la noche, solo lo ilumina el resplandor anaranjado de las velas. Un zumbido profundo, que por momentos adquiere la cualidad monótona de una alarma antiaérea (la película no tiene una banda sonora convencional como tal, pero la música está firmada por Lorenz Dangel y el diseño de sonido por Johannes Hampel), funciona como presagio de lo que está por venir.

Donde Vahl acierta de verdad es en encontrar el equilibrio entre la crítica y la reflexión, negándose a denunciar la propaganda interiorizada por el mero hecho de ser política. En su lugar, Krux se convierte en una meditación sobre los peligros de una supuesta moral cultural inherente, a través de un estudio de caso construido en torno a un ambiente tan tenso que lo que debería ser una elección acaba pareciendo un hermoso deber. Dicho esto, dejando a un lado toda ingenuidad, esta película no podría ser más relevante hoy en día. Quizá sean las palabras del alcalde las que mejor condensan este desamparo: "Las pastillas de cianuro huelen a pastel", dice, "y al delicioso veneno de la almendra amarga".

Krux es una producción de CALA Filmproduktion GmbH (Alemania) y Extreme Emotions (Polonia), en coproducción con CALA Film Central GmbH & Co KG y Kineo Film GmbH. Las ventas internacionales corren a cargo de Global Constellation.

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(Traducción del inglés)

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