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Crítica: The Roses of Marrakesh
por Vittoria Scarpa
- Entre un jardín que proteger y un pasado al que enfrentarse, Ginevra Elkann retrata a dos mujeres unidas por soledades, amores y vínculos familiares no resueltos

Un oasis de flores, palmeras y frutas aparentemente a salvo del caos del mundo sirve de escenario al drama sentimental y familiar en torno al que gira The Roses of Marrakesh, el tercer largometraje de Ginevra Elkann, que ha sido presentado estos días en el Festival do Rio y podrá verse próximamente en la Fiesta del Cine de Roma. En el Palmeral de Marrakech, en el centro de este universo suspendido en el tiempo, se encuentran Leila (Nisrin Erradi) y Madame Isabelle (Fanny Ardant), muy alejadas por edad, clase y origen, pero unidas por una soledad que la rutina cotidiana y la belleza del lugar solo consiguen ocultar temporalmente. La película, escrita por Elkann junto a Babak Jalali y Chiara Barzini, avanza por sustracción, confiando a los gestos, los silencios y los detalles la tarea de sacar a la luz aquello que los personajes no son capaces de expresar.
Es precisamente a través de la ritualidad de esos gestos como la película comienza a contar la historia de Leila, casi a modo de diario de una criada. En la gran casa de Isabelle se mueve con precisión: sirve, ordena y se anticipa a los deseos de su señora. La finca es un microcosmos perfectamente organizado en el que cada cosa debe ocupar su lugar. Isabelle, una anciana aristócrata francesa enferma, gobierna este universo con la misma obstinación con la que cuida de su jardín: “Los detalles son importantes; eso es lo que distingue la civilización del caos”, afirma.
Sin embargo, detrás de esta perfección se esconde una profunda soledad. Isabelle espera en vano a su hija y a sus nietos, que viven en Francia, mientras Leila, siempre a su lado, se convierte poco a poco en algo más que una criada: entre ambas nace un vínculo afectivo, cómplice, casi maternal. El equilibrio se tambalea cuando Miriam (Jalila Talemsi), la hermana de Leila, reaparece de su pasado para hablarle del hijo que tuvo a los 15 años. El muchacho, criado por Miriam, ya es adulto y está a punto de casarse, por lo que necesita dinero. “Ahora vives en un palacio”, le dice su hermana, condensando en pocas palabras la distancia que se ha creado entre ellas.
A partir de ese momento, las historias de las dos mujeres acaban reflejándose la una en la otra. Isabelle espera a una hija que nunca llega; Leila debe enfrentarse al hijo que abandonó. El jardín es el lugar donde esta tensión cobra forma. La cámara de Simone D'Arcangelo se detiene en las flores, los frutos, las palmeras y los animales, sumergiendo al espectador en un oasis sensual acompañado por la música de Fabio Massimo Capogrosso. Isabelle insiste en cultivar una variedad de rosas que no se adapta al lugar: “Hay cosas que no crecen donde nosotros queremos”. El jardín se convierte así en una metáfora de un orden construido con obstinación contra aquello que no puede controlarse.
Elkann confía buena parte de la película a la capacidad de sus protagonistas para contener sus emociones: la cámara se demora en el rostro de Erradi, en la tensión entre la contención de sus movimientos y algo que pugna constantemente por salir a la superficie. Ardant convierte a Isabelle en una figura a la vez imperiosa y vulnerable, cuya obstinación va dejando paso progresivamente al miedo a morir sin haber resuelto aquello que quedó pendiente.
La relación entre las dos mujeres constituye, por tanto, el corazón de la película: un vínculo que trasciende la distancia social y la relación profesional para convertirse en el espejo de dos vidas marcadas por la separación de sus hijos. A su lado, Yusef (Ahmed Hammoud), el jardinero, ofrece a Leila la posibilidad de experimentar un sentimiento diferente, hecho de miradas, atención y cercanía. Pero también esta relación permanece en un segundo plano. El amor, en The Roses of Marrakesh, no es algo que estalle: es algo que se cultiva, como una flor.
The Roses of Marrakesh ha sido producida por Asmara Films junto con Rai Cinema, así como por Agora Films y Tessalit Productions (Francia). Las ventas internacionales de la película corren a cargo de True Colours.
(Traducción del italiano)
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