Crítica: Imperium
por David Katz
- El último documental de archivo de Sergei Loznitsa es un viaje panorámico por la URSS a principios de los años setenta, desvelando las realidades que se esconden tras la propaganda estatal

Tras regresar con éxito al cine de ficción con Two Prosecutors, presentada el año pasado en Cannes, Sergei Loznitsa retoma su proyecto vital de explorar la historia de la Rusia soviética y sus consecuencias posteriores con una de las obras más ambiciosas y humanistas de su carrera hasta la fecha. Imperium, estrenada fuera de competición en Venecia y galardonada recientemente con el premio a la mejor película en la competición oficial del Festival BFI de Londres (leer la noticia), sigue la estela de sus aclamados State Funeral y Babi Yar. Context, de modo que reconstruye imágenes de archivo mediante la creación de una banda sonora de fondo original. En esta ocasión, muestra a la URSS en el supuesto apogeo de los primeros años 70 y nos lleva desde Moscú hasta sus regiones más remotas y sus repúblicas más pequeñas, poniendo a prueba las ideas de unidad nacional y de adhesión generalizada al comunismo. Al dejar atrás el tono angustioso y las imágenes sombrías de sus anteriores documentales de archivo, Loznitsa y su coguionista de montaje, Audinga Kučinskaitė, ensamblan el material en un panorama de la vida soviética que invita a adentrarse en ella y nos lleva a cuestionar hasta qué punto era realmente omnipotente el poder de Moscú.
Las imágenes originales fueron rodadas por un equipo italiano de documentalistas televisivos, aunque solo una pequeña parte del material se montó para su emisión en la RAI. Durante una estancia en Roma para asistir a un festival de cine de archivo, Loznitsa presenció una presentación de algunas de estas imágenes y comprendió hasta qué punto conectaban con sus preocupaciones sobre el férreo control que Rusia ejerce sobre la verdad verificable, tanto entonces como, por desgracia, en la actualidad. La película arranca con un desfile conmemorativo del aniversario de la Revolución de Octubre en la Plaza Roja, en 1973, donde unas pancartas proclaman de forma grandilocuente que se han superado los objetivos de producción. A continuación, la vida moscovita se presenta con un glamour y un materialismo sorprendentes: vemos enormes escaparates repletos de artículos de lujo y abrigos de piel ornamentados, junto con el bullicio de un mercado navideño. Es el primero de muchos indicios que apuntan a la ambigua posición de la religión en un contexto marcado por una firme política estatal de ateísmo.
A lo largo de sus tres horas de metraje, la cámara se aleja de Moscú siguiendo un recorrido circular. Primero nos adentra en la decadencia rural de Súzdal, cuya miseria queda condensada en la imagen de una anciana que perfora el hielo para lavar la ropa. Después, nos lleva más al noreste, hasta Siberia, donde atisbamos fábricas abandonadas y una integración precaria entre los trabajadores rusos y los indígenas sajá de la región. Mediante transiciones visuales en las que aparece una oportuna bandera completamente roja, acompañadas por el tañido dramático de una campana, nos vemos transportados de repente a Uzbekistán y Georgia, agrupadas en este recorrido por los respectivos rituales que contemplamos: la oración islámica y una boda ortodoxa. Esta diversidad de tradiciones, orígenes y culturas nos permite comprender retrospectivamente mejor la posterior desaparición de la URSS. Más allá de un sistema económico cada vez más debilitado, resulta evidente que los distintos grupos nacionales, étnicos y lingüísticos acabarían reclamando su propia autonomía, y que el centro no podría mantener unido el conjunto.
Como suele ocurrir cuando Loznitsa trabaja en este registro, no todas las imágenes resultan igual de cautivadoras. La insistencia en escenas cotidianas en las plazas de distintas localidades corre el riesgo de caer en la banalidad, pues, en comparación con las secuencias ambientadas en Moscú y Leningrado, se profundiza menos en las circunstancias sociales y hay menos detalles que contrapongan irónicamente la realidad a los esfuerzos propagandísticos. Uno de los pasajes más curiosos aparece hacia el final, cuando Loznitsa superpone a una coreografía sincronizada, rodada en un estudio de grabación de Tallin para un programa de televisión, una versión en estonio de la canción pop “Stumblin’ In”, que también sonaba en la reciente Licorice Pizza, de Paul Thomas Anderson. A Imperium le vendrían bien más sobresaltos de este tipo, con yuxtaposiciones más llamativas y pruebas más contundentes que respalden su tesis. Aun así, la paciencia con la que Loznitsa entreteje imágenes procedentes de lugares tan dispares da como resultado una experiencia verdaderamente épica.
Imperium es una coproducción entre Alemania, Francia, Italia y Lituania, realizada por Essential Filmproduktion Gmbh, Société Parisienne de Production, Kino Produzioni y Studio Uljana Kim. Las ventas internacionales de la película corren a cargo de Coproduction Office.
(Traducción del inglés)
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