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"Explorar la plasticidad del medio cinematográfico"

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Sylvain George • Director

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- Entrevistamos a Sylvain George, autor de Paris est une fête - Un film en 18 vagues: una deambulación hipnótica y radical por las altas esferas y los intersticios de la capital gala

Sylvain George • Director
(© Dao Bacon / Cinéma du Réel)

El cineasta, escritor y poeta Sylvain George habló con nosotros del contacto inmediato y electrizante y de la verdad intensa y tan presente que se ensordece en la noche de los tiempos que provoca Paris est une fête - Un film en 18 vagues [+lee también:
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, presentada en el festival Cinéma du Réel a poco de su estreno en cines y antes de retomar el proyecto sobre Calais que interrumpió para filmar tres de las manifestaciones que tuvieron lugar en la Place de la République parisina entre 2015 y 2016 (y también, paralelamente a esta furiosa impronta de resistencia colectiva, la vida humana reducida a su esencia más simple, a su libertad individual más desnuda, que brota de sus brechas, en las aceras donde duermen los refugiados).

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Cineuropa: Para esta película, ha optado por un título de lo más evocador.
Sylvain George:
La idea era retorcer palabras confiscadas a usos habituales. París es una fiesta es, para empezar, una novela de Hemingway que volvió a hacerse famosa cuando una dama la citó en una cadena de noticias 24h que cubría los atentados, antes de que el consistorio de París la utilizara para promover la cultura y el turismo. Lo mismo vale para "ola" [“vague”], una palabra de lo más polisémica que a menudo se emplea estigmatizando personas: ponemos las "olas" de inmigración a la misma altura que las "olas de atentados"). Quería ampliar su alcance, apoyándome asimismo en el testimonio de mi protagonista, Mohammed, cuando cuenta su travesía en barco, que lo llevó a ser un "náufrago sin público", como dice Lucrecio que hay que reaccionar cuando un náufrago cae al mar y dejamos que se ahogue: esto es un posicionamiento ético y político. La ola evoca, además, la idea de repetición de lo mismo aunque también puede crear diferencias, dejar emerger cosas nuevas, gestos nuevos capaces, quizá, de dar al traste con un cierto sentido del estado de las cosas.

Más allá de la realidad que retrata, la forma del film (en especial, el cuidadísimo trabajo sobre la imagen, el sonido y su diálogo) determina la experiencia que nos hace vivir. Sin embargo, usted capturaba acontecimientos que no podía prever. ¿Cómo trazó este recorrido?
Siempre he intentado explorar la plasticidad del medio cinematográfico y jugar con el sonido, las imágenes, los colores, el negro y el blanco, los ritmos, para crear un lenguaje que se define poco a poco y rompe con la gramática generalmente asociada al cine documental. Al trabajar con los recursos del medio, podemos atestar verdades de manera singular y transmitir no sólo ideas sino también sensaciones. Es este conjunto de elementos lo que, por medio de un juego en ocasiones abundante, permite traducir y hasta definir mi posición en relación a las situaciones con las que me encuentro. La idea es reunirme con el asunto. Aprendiendo a conocer a Mohamed, deambulando con él, pasando de lugares centrales (los "hiperlugares" de Michel Lussault) a los intersticios (o fuera de lugar), pude ver cómo las decisiones políticas pueden repercutir en los cuerpos, en los relatos y en los lugares. Después, poco a poco, a través de los elementos que colisionan entre sí, aparecen otros motivos, más indirectamente, entrechocando. Así que es una película que, en cierto modo, hace colisionar escenas y acontecimientos que podrían parecer muy separados entre sí pero que, en realidad, no lo están en absoluto. Eso también hace posible entrar en la longitud, llevar toda una serie de acontecimientos actuales a la esfera de lo inactual y, de esta manera plástica, al marco de una búsqueda cinematográfica que también aparece inscrita en la longitud, puesto que dialoga con formas que se remontan a los orígenes de la historia del cine: las “películas de ciudad”, Vertov...

En efecto, la película avanza hacia delante pero cada fragmento (gestos, objetos…) contiene una invitación a explorar su espesor, su duración, como ese carnet de escritura que redacta ese refugiado afgano.
Eso es lo que podríamos llamar un gesto. Los espectadores me preguntaron, después de ver la película, dónde estaba la “fiesta”. Para mí, está justamente en ese gesto. Hay algo muy alegre en él. La alegría también está presente en ese sentimiento, en ese gesto de resistencia, en ese trabajo que un individuo puede efectuar y que define su intimidad, la búsqueda de su propia libertad. Hay algo jubiloso ahí. Esa alegría se expresa en gestos de diferente naturaleza: el carnet, los gestos de ciertos manifestantes, la expresiva coreografía de las manos de Mohammed en la noche. Todo eso se remonta a lo que Frantz Fanon llamaba las "fiestas del imaginario", es decir que la llamada a la imaginación permite destapar y desbloquear situaciones completamente prescritas y abrir así espacios y temporalidades. Así nos abrimos a algo imposible, de hecho.

(Traducción del francés)

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