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BERLÍN 2015 Competición

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Eisenstein en Guanajuato: el autor de El acorazado Potemkin se deja desacorazar

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- BERLÍN 2015: Peter Greenaway nos relata de la mano de dos actores formidables y con una exuberancia más alegre que nunca la estancia mexicana que hizo temblar a Eisenstein

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Luis Alberti y Elmer Bäck en Eisenstein en Guanajuato

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, presentada a concurso en Berlín, es definitivamente una obra del mejor Peter Greenaway: un erudito más alegre que nunca. Para rendir homenaje a quien califica como "el cineasta más grande de todos los tiempos", el autor de El contrato del dibujante ha optado, como cabía suponer, por la nota de la impertinencia y el humor endiablado y más colorista posible. No en vano, la acción transcurre en México, donde el gran Serguéi Eisenstein viajó al cabo de una gira americana entre 1929 y 1931 para dirigir un film que jamás se terminó, en un periodo en el que su carrera se interrumpió hasta su regreso con Alexander Nevsky.El resultado de la ensoñación de Greenaway alrededor de esta aventura es toda una alegría: un relato deleitoso y exultante que presenciamos con una sonrisa de oreja a oreja de principio a fin gracias al desfile de todos los caprichos divertidos del director galés: su gusto por los collages, las listas y los herbarios, sus múltiples referencias literarias, pictóricas, musicales y cinematográficas, su atención a la arquitectura, su predilección por los temas eróticos y tanáticos (y, por tanto, por la representación del cuerpo humano en su materialidad más cruda) y su fabuloso don a la hora de dar significado a las yuxtaposiciones más grotescas (como la que lleva a cabo en el título, más greenawayesco que nunca, que él mismo escogió por resultar impronunciable).

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Es en mitad de una fanfarria, al ritmo de los acordes binarios de los Capuletos y Montescos de Prokofiev, como llegamos a este país con un catolicismo romano apostólico "a la carta": México, con sus cementerios de colores vivos y sus esqueletos defilando en el carnaval con las bocas gruesas como muñecas hinchables. Eisenstein (que el finlandés Elmer Bäck encarna con un talento asombroso) es bienvenido en Guanajuato con todos los honores; entre ellos, el de contar con Palomino Cañedo (a quien da vida con la misma generosidad el mexicano Luis Alberti), un camarada y guía autóctono de lo más seductor y receptivo a las excentricidades del artista ruso, quien, voluble y sobreexcitado por estar en México (su espíritu "turbina" era visible con regularidad en los planos circulares rápidos y vertiginosos y sesiones de "name-dropping" durante las que cita todos los nombres de las personas a las que ha podido dar la mano a lo largo de su periplo, desde James Joyce hasta Dos Passos pasando por Cocteau, Gertrude Stein y Flaherty), se siente como en el cielo cuando descubre el placer de la ducha. En la URSS, hay mil maneras de asearse pero nada tan placentero que esa tromba de agua caliente sobre el cuerpo desnudo, explica a su miembro flácido, que por primera vez vemos en un gran primer plano.

En efecto, a partir de ese momento, el maestro cinematográfico vivirá principalmente con el culo al aire y pasará mucho tiempo disfrutando de la opulencia de su enorme habitación junto con Palomino. Greenaway ha decidido imaginar el desvirgamiento tardío de Eisenstein. Hay que saber que aunque este último, cuando tenía treinta años, ya había hecho La huelga, El acorazado Potemkin y Octubre, no había llegado aún a emanciparse en este aspecto de la vida física, sin embargo. Que no se diga, piensa su compañero mexicano deslizando discretamente una botella de aceite de oliva virgen extra como quien se procuraría una tableta de mantequilla: así ofrecerá al monumental artista soviético su primer tango en Guanajuato. La vigorosa escena que se sigue, a la mitad del metraje e introducida por la imagen de un líquido dorado que se desliza por la columna vertebral velluda de Serguéi, se nos muestra desde el principio hasta el final, mientras que Palomino razona sobre el viejo mundo y el nuevo sin cesar de homenajear a golpe de cadera el decoro del maestro comunista. Esta iniciación, que abre todo un mundo de perspectivas al mítico cineasta (entre ellas, la nueva agilidad sexual da lugar a formidables planos firmados por debajo de los paveses transparentes que funcionan a modo de suelo de su decadente nido de amor), le cierra los ojos sobre sus obligaciones con los productores de su película, pero más vale que aproveche: su revolucionario país tiene prohibidos estos atrevidos revolcones.

A Greenaway atrevimiento no le falta. No duda en ningún momento de cargarse tótems y tabús; por eso Eisenstein en Guanajuato es tan jubilosa, además de ser una obra de un virtuosismo embriagador. No todos pueden llegar a rendir un homenaje tan certero a un ídolo tan hierático representándolo al desnudo, como en una camisa de pijama de un color amarillo satinado. 

Las ventas internacionales de Eisenstein en Guanajuato, coproducida por los Países Bajos, México, Finlandia y Bélgica, corren a cuenta de la berlinesa Films Boutique

(Traducción del francés)

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