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BERLÍN 2016 Berlinale Special

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Historia de una pasión: un corsé para el éxtasis

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- BERLÍN 2016: El maestro Terence Davies entrega una dialogada y vistosa mirada a la vida de la poeta norteamericana Emily Dickinson, que encuadra un hermético retrato de un complicado personaje

Historia de una pasión: un corsé para el éxtasis
Cynthia Nixon en Historia de una pasión

La historia parecía perfecta para el maestro británico Terence Davies. Un cuento de época que se cimienta en la pasión encarcelada, la rebelión contra la sociedad, el éxtasis del dolor… Todos y cada uno de los lugares transitados habitualmente por el irrefutable cineasta se presentaban en el posible retrato de la poeta Emily Dickinson. La crucial figura de la literatura norteamericana fue la responsable de que Davies se lanzase a lo más cercano a un biopic que podría firmar. Historia de una pasión [+lee también:
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, coproducida entre Reino Unido (Hurricane Films) y Bélgica (Potemkino) y presentada en la sección Berlinale Special del 66° Festival de Berlín, es la nueva entrega de un director entregado a crear nuevos mundos ya pretéritos, eternos en su encendida emoción y su elegantísima vistosidad.

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Esos mundos, podría decirse, se presentan en Historia de una pasión de otra manera. Una joven Emily Dickinson (Emma Bell) se enfrenta a la institutriz del seminario femenino Mount Holyoke, con todo el aplomo posible, al afirmar rotundamente no querer ser ni salvada por la divina providencia ni olvidada por ella. En esa obstinada contradicción, la Dickinson adulta (una rendida Cynthia Nixon) pervive a través de su día a día. Una vida enmarcada por la mansión de su familia, la rigidez de su padre (Keith Carradine) y la callada presencia de su madre (Joanna Bacon), el incondicional apoyo de su hermana Vinnie (Jennifer Ehle) y la masculinidad de su hermano Austin (Duncan Duff). Una vida que ella se resiste a cambiar, que sirve como sustento a su existencia, en la que la poesía constituye un refugio a sus inquietudes y desencantos. Un refugio que también parece encontrar en las dicharacheras salidas de tono de Vryling Buffam (Catherine Bailey) y los sermones del reverendo Wadsworth (Eric Loren), que sin embargo, no estarán para siempre con ella.

Las tribulaciones de Dickinson son traducidas a imágenes a través, principalmente, de la palabra. La película se construye de estáticas secuencias de conversaciones, sin esos pasajes arrebatados (y arrebatadores) marca de la casa que transformaban el movimiento en pura expresión. Pendiente de los gestos y las declamaciones de cada uno de los personajes, el inglés parece querer encorsetar esa pasión subyacente de una historia que se habría prestado a mucho más que su vehiculación a través de la comunicación verbal. Sin embargo, cuando Davies se permite dejar volar su mirada, la imagen se vuelve cautivadora, ya sea retratando la habitación del confinamiento, la deseada llegada de un hombre en la noche o un exuberante ramo de flores inmaculadas que quieren significar algo más.

Davies lleva la historia de Dickinson hasta su fin, con lo que no se nos libra de una pautada representación de lo que produjo su muerte, la enfermedad de Bright, tras una reclusión total en su habitación y un rechazo cualquier visita ajena a su familia. Lo que en el comienzo del metraje eran palabras, aunque siempre graves, suficientemente mordaces y juguetonas como para provocar la carcajada, se vuelve hacia su final un estoico martirio. El paso del tiempo es, también, una de las preocupaciones del director, que resuelve con una prodigiosa transformación de actores en un retrato fotográfico, pero también con una torpe inserción de fotografías de la Guerra Civil norteamericana, tan desconcertante como poco decisiva para la historia.

Sea como fuere, Davies se entrega lealmente a una película que puede acabar siendo tan insatisfactoria como estimulante, tan exigente como fría, tan seductora como hermética. Quizá, tal y como la figura de Emily Dickinson.

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