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BERLÍN 2017 Berlinale Special

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Bye Bye Germany, hello America

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- BERLÍN 2017: El belga Sam Garbarski rinde homenaje a Berlín con una comedia lograda y respetuosa sobre los judíos que se quedaron en Alemania tras pasar por los campos de concentración

Bye Bye Germany, hello America
Moritz Bleibtreu en Bye Bye Germany

Abordar en una sola película temas delicados en torno a la suerte de los judíos en Alemania tras los campos de concentración, sobre la colaboración entre los deportados y sobre los que se beneficiaron de la guerra (o la posguerra) era ya de por sí un desafío, pero hacerlo en tono de comedia, y sin faltar al respeto, con el grado justo de gravedad cuando es necesario, es, por parte del belga Sam Garbarski, un notable logro, que el público alemán ha sabido apreciar en la proyección de Bye Bye Germany [+lee también:
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]
en la Berlinale.

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Esta coproducción alemana, belga y luxemburguesa se adentra en un terreno a un tiempo conocido y resbaladizo: el de la comedia salpicada de humor judío sobre la época más sombría de la historia. Dani Levy es un maestro en tal terreno, pero otros han fracasado de manera estrepitosa, como Oskar Roehler con Jew Suss: Rise and Fall [+lee también:
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, que, en Berlín precisamente, tuvo una acogida bastante incómoda. En ese contexto, y volviendo a recurrir incluso al actor Moritz Bleitreu (que está claramente más desenvuelto en el papel de David Bermann que en el de Goebbels), a Garbarski le ha salido bien la jugada. 

Bye Bye Germany es la historia de un grupo de supervivientes de los campos, cada uno con su historia y su trauma, que, encabezados por el personaje anteriormente citado, el ingenioso David, que les recluta como se agrupa a una banda de malhechores en una película de gangsters, se asocian para montar un pequeño negocio de venta de ropa de cama, producto que por lo visto está muy demandado entre los alemanes, quienes además sienten la suficiente culpa como para no cerrar la puerta a un grupo de vendedores judíos. La idea es, por supuesto, reunir el dinero suficiente para irse de Alemania a los Estados Unidos. El simpático grupo, contagiado de la energía y la audacia de David, se pone manos a la obra, estafando a los clientes con la venta de lotes de sábanas “de París”, inventando de paso, para convencerlos, y a veces para reclutarlos (observando los boletines necrológicos pegados a un muro de Berlín en ruinas), toda una serie de técnicas cínicas y pícaras, y bastante visionarias en términos de marketing. 

Intercalada con estas peripecias —cuyo tono general queda asentado con la primera escena, en la que vemos un pequeño perro con tres patas (aquí, todo el mundo tiene heridas) que trota por las calles de una Berlín destruida al ritmo de una música que, asociada a tal decorado, no deja de recordar al imaginario de Kusturica—, va desarrollándose otro hilo narrativo, más solemne. Mediante una serie de interrogatorios, una judía alemana que emigró a Estados Unidos poco después de 1933 (Antje Traue) y que ha vuelto para ayudar en la posguerra, trata de averiguar, por encargo de las fuerzas aliadas, si David colaboró o no, para poder sobrevivir, con los nazis en su campo de concentración. Estas escenas podrían ser menos ligeras, pero, una vez más, el humor y el descaro de Bermann convierten su testimonio en una vasta trama, trufada de palabras yiddish, en la que cuenta cómo fue reclutado para enseñar a Hitler el arte de contar chistes.

No revelaremos el final, pero baste indicar que cada hilo narrativo, principal o secundario, tejido (con tela de París) por el film desemboca en una inmensa ironía del destino, positivo o trágico, antes de que David concluya con un pensamiento para los judíos que, como él, tomaron la inexplicable decisión de quedarse. 

Producida por Entre Chien et Loup para Bélgica, In Good Company para Alemania y Samsa Film para Luxemburg, Bye Bye Germany está siendo vendida internacionalmente por The Match Factory.

(Traducción del francés)

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