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BLACK NIGHTS 2017 Competición Óperas Primas

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The Seagull: ancha es Turquía

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- El turco Erkan Tunç firma un meritorio juego de géneros en el interior de una tradicional finca rural en su debut en el largometraje de ficción

The Seagull: ancha es Turquía
Sahra Şaş en The Seagull

Después de haber ejercido como poeta, dramaturgo, crítico, asistente de dirección y realizador de varias series de televisión, Erkan Tunç se estrena en el largometraje de ficción con The Seagull, producción de la turca Mint programada por el festival de cine Black Nights de Tallin en la competición de óperas primas. Dicho bagaje artístico no es banal para lo que nos ocupa: por lo pronto, la cinta transcurre casi íntegramente en una finca en mitad del campo (lo que bien podría constituir un escenario teatral) y está protagonizada por actores populares en el ámbito televisivo turco.

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Yakup (Onur Buldu) trabaja en un gallinero situado junto a su casa, que comparte con su mujer, Mediha (Sahra Şaş). La película arranca con la exhibición de patinaje que dieron Torvill y Dean en los JJ. OO. de 1984, que Mediha ve con tristeza en la televisión. Acto seguido, vemos cómo Kiraz, empleado asimismo por Nusret, le trae a Yakup los pollos y cierto elixir de la fertilidad y aprovecha para preguntarle por un tesoro escondido y perdido en aquellos lares y para anunciarle que pronto llegará un asistente para ayudar a Yakup en sus labores en el corral. En estos primeros compases, Tunç traza claramente el primero de sus contrastes, entre los cónyuges: Yakup sufre de cojera y de ataques de epilepsia, mientras que Mediha se nos muestra hermosa bajo la ducha y reacia a los avances de Yakup; ella sueña con el patinaje; él se irrita con el fútbol… Estas diferencias, invisibles a ojos del marido, se harán más hondas con la llegada de la pareja formada por Ersin (Öner Erkan) y Nurgul (İrem Sak), cuyo espíritu urbanita, rebelde y abierto poco o nada tiene que ver con la vida tradicional en los campos de Ízmir.

El guion, obra del propio director, añade un ritmo pausado, buen humor y amenazas exteriores (la marcada ausencia, por falta de cobertura y de noticias, de Nusret; el coche de los dos hombres vestidos de rojo; el recurrente sueño de una niña enmascarada…) para acentuar el misterio en torno a la trama de los recién llegados y la intriga con respecto al devenir de la familia que quiere formar con Mediha el impotente Yakup. En el juego de espacios de la finca (la privacidad de cada casa, el lugar de trabajo, el cementerio improvisado…), cada personaje sirve de contrapunto a los otros, lo que contribuye a hacer más digeribles las más de dos horas de metraje. Tal atrevimiento de Erkan Tunç, manifiesto hasta en el mismo desenlace, arroja algunos resultados buenos (por ejemplo, la forma en que explota el bolero de Ravel) y otros mejorables (la metáfora de la gaviota del título no acaba de cuajar). La película, en cualquier caso, presenta un balance general positivo, resulta sorprendente por momentos y consigue proclamar, dentro del universal juego entre géneros, un comentario polémico sobre la sociedad turca contemporánea.

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