Crítica: The Swedish Connection
por Jan Lumholdt
- Thérèse Ahlbeck y Marcus Olsson firman un creativo relato de un héroe poco conocido en la Suecia neutral de la II Guerra Mundial

Tras su estreno mundial en la 49.ª edición del Festival de Göteborg y su paso por salas antes de su lanzamiento mundial en Netflix el 19 de febrero, The Swedish Connection [+lee también:
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ficha de la película] está generando bastante expectación, y con razón. El revelador retrato que firman Thérèse Ahlbeck y Marcus Olsson sobre un improbable (pero muy real) héroe sueco de la Segunda Guerra Mundial es una apuesta ambiciosa que reúne a destacados talentos locales.
Estos héroes suecos de la Segunda Guerra Mundial existen, aunque en ocasiones han sido encarnados en el cine por figuras como Orson Welles (como Raoul Nordling en ¿Arde París?) o William Holden (como Eric Erickson en Espía por mandato). Sin embargo, el legado de Gösta Engzell, un funcionario de rango medio del Ministerio de Asuntos Exteriores que, al aprovechar distintos resquicios legales, permitió que personas de origen judío encontraran refugio en Suecia, ha sido prácticamente ignorado hasta ahora. The Swedish Connection es la versión creativa que el dúo de guionistas y directores ofrece sobre este contable tan ingenioso.
En 1942, la Suecia declarada neutral, rodeada de territorios ocupados, adopta en mayor o menor medida una actitud complaciente hacia la maquinaria nazi: suministra mineral de hierro, permite el tránsito libre de tropas alemanas por el país y mantiene a raya a la prensa en lo relativo a opiniones críticas. Los crecientes rumores sobre los campos de la muerte se reciben inicialmente con cautela, y los controles fronterizos son rigurosamente hostiles, sobre todo para quienes llevan pasaportes marcados con una “J”. Se produce un cambio a finales de 1942, cuando los judíos noruegos son deportados en un carguero con destino a Auschwitz, incluidos algunos con vínculos familiares o ciudadanía sueca (aludiendo en parte a la “conexión” del título), lo que lleva a las autoridades suecas a solicitar su liberación. La operación tiene éxito. Poco a poco, y a menudo con gran sofisticación, las normas y las políticas se analizan, se fuerzan y se reforman, permitiendo la llegada de decenas de miles de refugiados de los países vecinos y de toda Europa.
La sede de esta astuta operación se presenta como la estancia menos palaciega del palacio de Asuntos Exteriores en el corazón de Estocolmo: una oficina algo destartalada, pero con alma propia, repleta de pilas y más pilas de documentos, que Engzell y su equipo revisan como si cada uno representara a una persona real. Engzell es la “conexión” (también aludiendo al título) con los altos cargos y, por extensión, con los enviados en territorio extranjero. Por allí desfilan Göran von Otter, Kurt Gerstein, Dag Hammarskjöld, Adolf Eichmann y otros catalizadores de la época, incluido Raoul Wallenberg, otro héroe sueco “muy celebrado”, cuyas operaciones se basaron en gran medida en el trabajo preliminar de Engzell.
La estética, el tono y el ritmo remiten al planteamiento de La muerte de Stalin [+lee también:
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ficha de la película], y el reparto reúne a las principales figuras de la comedia sueca. El público internacional encontrará aquí interés histórico y entretenimiento a raudales, así como momentos de emoción sincera. El virtuoso de la comedia nacional Henrik Dorsin (a quien vimos en El triángulo de la tristeza [+lee también:
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entrevista: Ruben Östlund
entrevista: Ruben Östlund
ficha de la película]) interpreta a Engzell como un primo espiritual del quisquilloso personaje de Alec Guinness en Oro en barras y del reparador de bicicletas de Michael Palin en los Monty Python.
Dos de los hijos de Engzell estaban entre el público en la proyección de Gotemburgo. Su padre vivió hasta los 100 años y rara vez habló de sus hazañas. De haberlo hecho, probablemente habría dicho algo así como: “Cosas del oficio, jefe”.
The Swedish Connection es una producción de Netflix.
(Traducción del inglés)
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