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CANNES 2026 Un Certain Regard

Crítica: Ulya

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- CANNES 2026: Viesturs Kairišs regresa al blanco y negro con un biopic sobrio que rinde homenaje a una vida olvidada mientras plantea evidentes cuestiones sobre la representación

Crítica: Ulya
Kārlis Arnolds Avots (centro) en Ulya

Tras revisitar el pasado traumático de su país a través del lenguaje visual austero de The Chronicles of Melanie y de imprimir poesía a su trabajo más reciente, January, Viesturs Kairišs vuelve a apostar por el blanco y negro en Ulya, un drama biográfico presentado en la sección Un Certain Regard en el Festival de Cannes. Ambientada en los años sesenta, bajo la ocupación soviética, la película relata la vida de la campeona letona de baloncesto Ulyana Semenova (1952-2026), imaginada no como un icono público en ciernes, sino como una joven que lidia con un cuerpo y una sociedad reacios a aceptar la diferencia.

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La decisión de contar esta historia se antoja legítima y oportuna. En un contexto báltico profundamente conservador, y dentro de las restricciones impuestas por la ideología soviética, la mera existencia de Ulyana ya implicaba un cierto grado de fricción social. Kairišs aborda el material con seriedad y contención, evita el sensacionalismo y se decanta por una atmósfera melancólica y tranquila. El resultado es una obra elegante y de gran sensibilidad emocional.

Al mismo tiempo, Ulya probablemente genere debate por razones que van más allá de su narración. Su elemento más controvertido reside en la elección de Kārlis Arnolds Avots para el papel principal. Aunque el reparto de actores de un género para interpretar personajes de otro forma parte desde hace tiempo de las tradiciones teatrales y cinematográficas, aquí la decisión no logra generar una capa interpretativa lo bastante sólida como para justificarse por sí misma. La Ulyana Semenova real era una mujer cuya imponente fisicidad derivaba de una afección glandular, y no de cuestiones de identidad de género o intersexualidad.

Avots se entrega por completo al papel y apunta claramente a la delicadeza, la torpeza y la vulnerabilidad. Con todo, ciertos elementos resultan difíciles de obviar: la dicción grave, el movimiento y la presencia física insisten de manera reiterada en un registro masculino, en lugar de permitirle disolverse en el personaje. En vez de propiciar la ambigüedad, la interpretación desvía por momentos la atención de la trayectoria emocional de la protagonista hacia la propia mecánica de la encarnación. Cuesta no preguntarse qué podría haber aportado una actriz, y cabe pensar que la raíz de la decisión está en la disposición de Avots a asumir un papel tan exigente.

Por lo demás, Kairišs demuestra el control que lo ha convertido en uno de los autores y directores escénicos más reconocibles de Letonia. En el apartado técnico, hay poco que reprochar. El montaje mantiene un ritmo pausado y medido, la dirección artística reconstruye cuidadosamente la época sin caer en su idealización, y la fotografía acompaña de forma constante el tono emocional de la historia.

La paleta monocroma es más ambivalente. Contribuye, sin duda, a la atmósfera sombría y a la cohesión visual de la película, pero también introduce un grado de distancia que puede que no favorezca del todo al material. Si The Chronicles of Melanie empleaba el blanco y negro como medio para evocar el trauma histórico y la memoria, aquí la ausencia de color crea por momentos una capa adicional de abstracción sobre una historia que pedía a gritos una mayor sensación de inmediatez. Al fin y al cabo, también es un drama deportivo, repleto de escenas ambientadas en la pista de baloncesto.

Aun así, la atmósfera sigue siendo uno de los puntos fuertes de Kairišs. Los interiores apagados, las interpretaciones contenidas y la cuidada puesta en escena configuran un mundo suspendido entre la opresión y la introspección. Se percibe una notable confianza en la manera en que se desarrollan las escenas, y la película nunca cae en el melodrama evidente.

Puede que Ulya no resuelva del todo la tensión creada por su principal decisión creativa, pero sigue siendo una obra reflexiva y técnicamente lograda, una que devuelve visibilidad a una vida que merece ser revisitada.

Ulya es una producción de Ego Media (Letonia) junto con Tremora (Lituania), Allfilm (Estonia) y Staron Film (Polonia). La francesa B-Rated se encarga de las ventas internacionales.

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(Traducción del inglés)

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