Crítica: A River’s Gaze
por Mariana Hristova
- La debutante rumana Andreea Cristina Borțun observa las inestables dinámicas en el hogar de una madre y su hijo adolescente, en algún lugar de un vasto valle cercano al Danubio

Quienes echen de menos el miserabilismo psicodélico de Europa del Este de Kornél Mundruczó (ahora centrado sobre todo en Occidente), como el que asomaba en sus primeros trabajos, por ejemplo en Semilla de maldad (2010) y, sobre todo, en Delta (2008), encontrará lo que busca en el drama de ritmo contenido y estructura incierta de Andreea Cristina Borțun, A River’s Gaze, recién estrenado en el Kino Pavasaris Film Festival de Vilna, dentro de la competición SMART7. La película sigue a una madre soltera que intenta encauzar a su hijo adolescente, aunque ella misma parezca haber perdido el rumbo de su vida. El desolador escenario, que remite a Delta, se despliega entre comunidades romaníes empobrecidas de la región del Danubio, en un paisaje impregnado de soledad y abandono. Como en Semilla de maldad, aunque de forma más laxa, se abordan la ausencia paterna y los lazos rotos en una relación madre-hijo marcada por la tensión. La acción avanza con lentitud, casi a trompicones, mientras una pátina de polvo, fruto del descuido, parece impregnar los sentidos del espectador.
La vida de Lavinia (Mihaela Subtirica) es un caos que intenta recomponer una y otra vez mientras sueña con una casa digna para ella y su hijo de 13 años, Dani (Stefan Costea). Actualmente viven en el barracón de su abuelo, un edificio medio en ruinas. Abandonada por el padre de Dani y, más recientemente, por su amante romaní, Marian “el gitano” (Vasile Pavel-Digudai, a quien hemos visto en papeles similares en otros títulos rumanos como Soldados. Una historia de Ferentari e Immaculate), que la dejó para no acabar matándola a golpes, Lavinia mendiga trabajo y lucha por mantenerse a flote, atrapada entre su incapacidad para alcanzar la independencia y su fracaso al intentar encajar en el rol de esposa sumisa que comparte hogar con un hombre. Mientras tanto, Dani anhela una figura paterna protectora que su progenitor biológico no puede ofrecerle. Marian parece inspirar más respeto, pero su tendencia a meterse en peleas termina volviéndose en su contra. La vida errante de madre e hijo se percibe interminable, como las llanuras a orillas del Danubio, sin perspectivas de mejora. Incluso levantar un segundo piso en su casa destartalada se presenta como una quimera. Su existencia estancada, al igual que la propia película, permanece prácticamente en el mismo punto que hora y media antes.
Artista, profesora universitaria e investigadora con inclinación por la etnografía, Borțun probablemente conoce bien las comunidades empobrecidas del Danubio rumano, pero desde su mesa de investigación apenas parece identificarse con su destino y su modo de vida. Esto podría explicar la mirada distante, el ritmo uniforme y los tonos predominantemente oscuros, que acaban transmitiendo una sensación envolvente de indiferencia. La actriz Mihaela Subtirica tampoco termina de encontrar el tono adecuado para encarnar a una mujer marginal, con un registro emocional confuso incluso para quienes concibieron el personaje. Su interpretación se limita en gran medida a una mirada lánguida en las escenas más contenidas, alternada con estallidos de desesperación.
Con todo, A River’s Gaze es solo la primera entrega de una trilogía “sobre el amor en el entorno rural”, observada desde una posición urbana y segura. Quizá en futuras entregas la directora se atreva a confiar más en intérpretes no profesionales, capaces de aportar verdad a unos personajes concebidos de forma demasiado aséptica y que, tal como están, tienen dificultades para generar empatía.
A River’s Gaze es una producción de la rumana Atelier de Film, coproducida por Avanpost, la francesa Films de Force Majeure y la eslovena Perfo Production.
(Traducción del inglés)
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